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APROXIMACIÓN AL GÉNESIS DE LA CIUDAD HISPANOAMERICANA Imprimir E-Mail
Por:  Ivette Celi Piedra
 
 
Las diversas formas de uso del espacio, durante el desarrollo de la humanidad, atendieron a conceptos estéticos llamados arquitectónicos, que fueron definidos mediante estructuras sociales, políticas y económicas.  Tomando en consideración que la estética se fundamenta dentro de la filosofía, y su estudio tiene por objetivo encontrar la esencia de lo bello, mediante el arte. Podemos afirmar que el ser humano constantemente ha buscado hacer de su espacio de vida,  un complejo material que integra emociones, sensaciones (aisthesis)  y formas, sincretizadas en un solo espacio llamado Ciudad.   Las ciudades son producto del tiempo y el desarrollo de la cultura de los pueblos, en ellas se hacen corpóreos los signos y las transformaciones de la historia.  Esto explica que su estudio está íntimamente ligado a la percepción del arte y la estética, caso contrario excluiríamos al contexto material de las expresiones políticas, económicas, culturales y sociales.
 
Las ciudades fueron el producto de ideales imaginados a  partir del dibujo de diversos órdenes y proporciones, enmarcados dentro de la geometría del trazado urbano,  inicialmente entendidos como manifestaciones simbólicas. Las construcciones de mayor importancia, se crearon en honor a dioses y divinidades, tendientes a explicar los diversos fenómenos de la naturaleza.  De allí se inició el proceso de interpretación del bien y el mal como fuerzas en constante pugna que definían el progreso o el estancamiento de las sociedades.

A partir de la conquista española en América, cientos de ciudades fueron fundadas y articuladas dentro de un espacio geográfico de proporciones infinitas.  Las fundaciones fueron el resultado de una concatenación de vertientes culturales, donde el trazado urbano y el reconocimiento de nuevos territorios, significaron un recorte de información desde la metrópoli a las tierras de ultramar y viceversa, ya que la dificultad de comunicación dentro de esta inmensa geografía, procuraba complicaciones aún mayores.  Las profundas limitaciones de tiempo, organización e incorporación de nuevos territorios, obligaron a simplificar la praxis urbana.

La empresa constructiva fue desarrollada a partir de ideas mas no de experiencias, ya que los programas arquitectónicos que fueron originariamente usados en el caribe, tuvieron que adaptarse a un sinnúmero de condicionamientos en  Nueva España y posteriormente en Perú y los territorios del sur.  Los cambios atendieron en algunos casos a factores que superaban las expectativas de los fundadores; un claro ejemplo fue la preexistencia de poblaciones con estructuras sociales muy organizadas como las aztecas e incas; en otros casos por la misma disposición geográfica, que determinó la flexibilidad de uso de diversas tipologías constructivas adaptadas a las ya existentes.  En este sentido, las ciudades hispanoamericanas fueron definidas y concebidas con características regulares respecto al panorama europeo, sin embargo el problema de la particularidad local se convirtió en una constante.

Hacia los siglos XVI y XVII, varias fueron las alternativas constructivas que los arquitectos Españoles adoptaron para recrear en América un territorio paralelo al de la metrópoli.  Esta práctica se desarrolló con gran adelanto a los propios procesos europeos de renovación, debido a la enorme escala urbana que fungió como escenario de la génesis de las ciudades americanas.  Una condensación de expresiones arquitectónicas importadas, siguieron los tratados renacentistas y manieristas de Alberti (1404-1472), Serlio (1475-1554), y Vignola (1507-1573) , siendo Serlio, el más consultado y copiado especialmente en estructuras y proporciones arquitectónicas; los siguientes son en cambio tratadistas estudiados desde el punto de vista teórico, no obstante la obra más representativa del estilo de Vignola en América es la fachada de la Iglesia de San Francisco de Quito (1536-1605), copia del portal del Palacio de Farnesio en Caprarola (1559-1573).  

Las variaciones arquitectónicas coloniales fueron creadas desde una metrópoli de constantes cambios, guerras y períodos de reconquista, razones que limitaron un seguimiento puntual de las construcciones americanas; puesto que los arquitectos en América tuvieron libertad absoluta para la utilización de variedad de formas y materiales.  Debemos entender que no en todos los lugares, los arquitectos encontraron materiales que usaban con frecuencia en la metrópoli y por lo tanto, debieron adaptarse a lo que las posibilidades geográficas les permitieron. De este modo lo manifiesta J. G. Navarro en su ponencia “Las Formas arquitectónicas europeas en la arquitectura americana” para el VI Congreso Histórico Municipal Interamericano en Madrid 1957,  que la arquitectura hispanoamericana no se centró en el estudio de estructuras y construcciones monumentales, sino más bien en la ornamentación y el despliegue escenográfico de sus formas.  Tomando en cuenta las facilidades y dificultades de explotación de materiales, en el caso de México, Cuzco y Quito por ejemplo, la piedra fue ampliamente utilizada gracias a su facilidad de obtención, pero en la Ciudad de los Reyes el resultado fue contrario ya que la escasez de piedra obligó al uso de ladrillo y adobe, lo que según varios autores, fue motivo de irreparables destrucciones y pérdidas.

Retomando el caso peninsular, podemos afirmar que su arquitectura se componía de diversas corrientes constructivas como las árabes, etilos góticos tardíos y un rezago medieval; consideraciones que hicieron que dicha arquitectura también fuera identificable del resto de Europa y que como consecuencia envolvió a América en un proceso de transculturación.  Este mudejarismo latente en los siglos XIV y XV se filtró desde los territorios andaluces hasta llegar a América en donde fueron adaptados y producidos dentro de formas geométricas propias.  Posteriormente se incorporaron especialmente en la arquitectura religiosa, bóvedas nervadas y arquerías góticas tardías, estructuras clasicistas fusionadas con decoraciones mudéjares, platerescas y flamencas. Todas demostraban ser una sumatoria de formas prestigiadas en Europa y que circulaban gracias a las ilustraciones que se imprimían en las portadas de los tratados italianos.  

La traza urbana dispuesta bajo el modelo de cuadrícula,  en cuyo centro se estableció la plaza principal, rodeada de los solares importantes; fue incorporada desde los primeros años de la conquista por la necesidad de conformar espacios de comunicación social y económica. Mantuvo en la mayoría de los casos emplazamientos ortogonales característicos del trazado hipodámico (Hipodamos de Mileto 500 A.C.), cuya trama surgió en las antiguas civilizaciones agrarias.  Se caracteriza por la claridad y regularidad. Sin embargo, nuevos estudios demuestran que este tipo de trazado fue utilizado ya por los antiguos egipcios.  

La organización urbana se resolvió con la ejecución de las ordenanzas de las leyes de indias (1573) para la legislación y jurisdicción del establecimiento de ciudades, sectorización de los territorios (ejido y traza),  delimitación y amurallamiento, organización para la distribución de la tierra y los espacios urbanos.  Este proceso de regulación territorial implantado por Felipe II, tuvo como finalidad afianzar las experiencias urbanas españolas,  manteniendo un control esquematizado de la expansión monárquica.    

Las ciudades americanas se transformaron pues en un laboratorio urbano, en el que los espacios arquitectónicos se elaboraron atendiendo a la finalidad de llevar adelante el proceso de evangelización de miles de indígenas.  Las órdenes religiosas asentadas en los primeros territorios fundacionales, iniciaron una carrera constructiva de formidables proporciones para cumplir con los objetivos evangelizadores. Se incorporaron métodos de construcción abierta que se acomodaron al denominado espacio externo sacral, manifestado especialmente en México y Centroamérica, con la denominación de  Calpolli o Altepetl  en Nueva España, y cuyo uso comprendía rituales y celebraciones festivas indígenas.  Para Rodríguez Alpuche, el Calpolli se presenta como  “un centro de servicio que contenía templos, edificios públicos, calles y un entorno formado por casas y huertas muy espaciadas. En donde había un gran espacio público de enorme monumentalidad que enfrentaba al panorama natural afirmando su existencia, signo de la presencia humana, que se erigía mediadora ante sus dioses”.  

Estos centros fueron utilizados como una herramienta de enseñanza religiosa sobre la que se estableció la plaza mayor como eje sintetizador de los nuevos acontecimientos sociales, en donde una naciente monumentalidad de fachadas, de catedrales e iglesias mayores sirvió como fondo para estos fines.  Grandes obras iconográficas como esculturas y pinturas murales, se utilizaron como referente para que los  indígenas recibieran los nuevos preceptos católicos.  En los atrios conventuales o en los patios de los monasterios se construyeron altares y retablos esquineros para hacerlos partícipes del auto de fe.  En otros casos, se construyeron capillas abiertas o capillas posas que eran sitios de posada de las imágenes que se llevaban en andas.  

Dicha exteriorización de los espacios atendió no solo a una necesidad de sincretizar la territorialidad ritual indígena con la intelectualidad barroca, transformándola en un dogma puramente popular.  La extracción de la ceremonia interior del templo hacia la libertad infinita visual, hacía que la noción de perspectiva y de lo infinito (que el viejo mundo había descubierto no mucho tiempo atrás), se plasmara en un territorio sin límites; en el que la propia bóveda celeste se conjugaba con inmensas fachadas-retablo cuyas iconografías enseñaban una historia teatral, sensitiva y provocadora, que exaltaba a la población indígena a adoptar como propio el nuevo dogma, y sobre todo a entenderlo desde la gran explosión visual que fue la razón fundamental del éxito del barroco.

A más de la rigurosa geometría de traza que poseían las ciudades coloniales y que en su gran mayoría se ha mantenido hasta la actualidad, otra característica dota de capital importancia a los centros poblacionales americanos.  La plaza mayor es en América, el núcleo vital en el que radica el verdadero sentido urbanístico colonial.  Como lo advierte el arquitecto Fernando Chueca Goitia, los edificios monumentales que rodean a las plazas mayores, otorgan el carácter y la sugestión que en la actualidad producen, superando incluso a las plazas españolas que carecen del factor unificador de la de la sociedad.♣
 
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